
Madriguero.- Jo, tío, no sé qué hacer…
Juan Hoyo.- ¿Con qué?
Madriguero.- El otro día, en la acampada, me enrollé con Felisa.
Juan Hoyo.- ¡Qué cabrón! ¡Con lo buena que está!
Madriguero.- Ya, pero fue una tontería, una aventura.
Juan Hoyo.- Oye, pero ¿tú no llevas ya un tiempo saliendo con Espelunca?
Madriguero.- Sí, y la quiero mucho, es una chica estupenda.
Juan Hoyo.- ¡Ya se ve que la quieres! ¡Menudo capullo!
Madriguero.- Sí, tienes razón. Pero… el caso es que la quiero. Y ahora… no sé qué hacer, no sé si decírselo.
Juan Hoyo.- ¿¡Cómo se lo vas a decir!? ¿Quieres que te mande a freír higos?
Madriguero.- Es que siento que tengo que decirle la verdad… Pero, por otra parte, yo sé que lo que hice no tiene mayor importancia, y que decírselo puede hacer más daño que ocultárselo. Además, ella está ahora preocupada por su tío, que está muy enfermo… terminal, parece.
Juan Hoyo.- ¿Ese tío del que siempre habla Espe, el poeta?
Madriguero.- Ese. Está en las últimas, el pobre. Aunque él no lo sabe, porque dijo a los médicos y a su familia que, si sabían que tenía algo grave, no se lo dijesen. Y ellos han respetado su decisión.

Juan Hoyo.- ¿Ves? Una mentira piadosa no es algo malo.
Madriguero.- Eso dice Felisa. Ella, desde luego, no piensa contárselo a su novio.
Juan Hoyo.- Hace bien. Mira, yo le robé a un compañero una cosa el otro día, y no se lo voy a decir. ¿Para qué? Eso sólo haría que se fuese a la mierda nuestra amistad, por una tontería…
Madriguero.- ¿Tú crees?
¿Qué te parece? ¿Es mala la mentira, siempre? ¿Cuándo no? ¿Por qué?